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La Jerusalem de David y su hijo

Colección y Consulta

La Jerusalem de David y de su hijo

Por: Becky Rubinstein

Jerusalem, Ir Shalem, Ciudad de la Paz y de la santidad, centro del mundo Ciudad de David -vienen a significar una sola y misma cosa. Porque el rey guerrero la con quistó para sí y para los suyos, como está escrito: “El rey y sus hombres marcharon sobre Jerusalem, contra los Yebuseos que habitaban el país. Estos dijeron a David ‘no entrarás aquí, los ciegos y los cojos te rechazarán’, como diciendo:




David no entrará aquí, pero David se apoderó de la fortaleza de Sión, que es la ciudad de Dios... David se estableció en la fortaleza y la llamó ‘Ciudad de Dios’ y construyó un muro alrededor, desde Milo al interior, fortaleciéndose cada vez más, y Yavé. Dios de los ejércitos, estaba con él. Hiram. Rey de Tiro, envió mensajeros a David, con madera de cedro, carpinteros y canteros, que construye ron una casa para David. Y así reconoció David que Yavé le había confirmado como rey de Israel y que realizaba su reina a causa de su pueblo Israel (Sam II, 5: Sal 12). En Crónicas 1, 11 hallamos por otra parte: “pero David se apoderó de la fortaleza de Sión, que se convirtió en la Ciudad de David. Restauró las murallas de la ciudad, como también el Milo y Joab construyó el resto de la ciudad. David iba creciendo de día en día, y Yavé Sebaot estaba con él”.

David unificó a las tribus bajo su mandato, creyó pertinente evacuar a los extranjeros, quienes impedían la comunicación de Judá, con el resto de Israel. Por otra parte, contempló la idea de crear una ciudad capital en Jerusalem, fuera de las áreas tribales para evitar discordias y envidia entre las tribus.

La conquista de Jerusalem se debió en gran parte a una estratagema, se diría que genial, que involucró al “rey y a sus hombres”, quienes se valieron de un Tzinor o canal secreto que les sirvió de pasadizo para allegarse a la fortaleza sin ser vistos, durante el sitio de la ciudad.

Se cuenta que David no exterminó a los vencidos, sino que sabiamente se valió de ellos, asignándolos en funciones administrativas de provecho propio.

Más tarde David tuvo que enfrentarse a los temibles filisteos, y tras lograr tenerlos bajo control, se abocó a concretizar su sueño: la fundaación de la capital de la monarquía unificada, donde sería transferido el Arca de la Ley desde Kiryat Jearim, ahí sería edificado un santuario para el Dios de Israel.

Fue David quien convirtió a Jerusalem en el centro de un poderoso imperio, desde Egipto al Eufrates, aunque no fue hasta el reinado de su hijo y sucesor, Salomón, que se vislumbró un verdadero esplendor político y económico.

Salomón, nos dice Werner Kelleren en “La Biblia Tenía Razón”, era un monarca progresivo. Sabía atraerse en forma genial a los expertos y a los técnicos extranjeros, para adherirlos a sus empresas. Este es el secreto del extraordinario y rápido desarrollo, de otra manera inexplicable, que convirtió el sencillo y campesino país de su padre David, en un estado económico de primer orden.

Y como todos los poderosos Salomón se mandó construir un palacio en la colina de Sión, y para servir al Dios de Israel, edificó sobre la colina de Moriá, un templo. Tenía éste 60 codos de largo. 20 de ancho y 30 de altura y estaba dividido en cuatro partes, a saber: el atrio de los gentiles, vestíbulo exterior donde se admitían los extranjeros y al que se entraba por cuatro puertas de bronce cubiertas de láminas de oro; el atrio de los judíos, reservado a los israelitas y donde se localizaba el altar de los Holocaustos; el atrio de los sacerdotes, donde sólo podían entrar los levitas, cerrados por puertas de cedro, en las que estaban esculpidos pámpanos y racimos de uvas doradas; contenía el altar de los perfumes, el candelabro de oro de 7 brazos, la mesa de los panes y el mar de bronce, enorme yacija que servía para la purificación de los sacerdotes, de 5 codos de alto, 10 de ancho y 30 de circunferencia, sostenida por 12 toros de bronce que de tres en tres miraban a los cuatro puntos cardinales; finalmente el santuario o santo de los santos, separado del resto del templo por un inmenso velo y en el cual el gran sacerdote sólo podía entrar una vez al año, era dorado, adornado con esculturas y piedras preciosas: en el centro estaba el Asca de la Alianza y sobre ella dos querubines dorados de 10 codos de alto con las alas desplegadas.

Siete años y medio duró la construcción del magnífico templo, y en él trabajaron más de 2 millones de hombres, entre tirios y hebreos.

Además Salomón mandó construir espléndidos palacios y nuevas fortificaciones. Fuentes fenicias, afirman que Jiram de Tiro, se ofreció a suministrar al príncipe judío, materiales para erigir un nuevo palacio siempre y cuando éste construyera un puerto en el mar etiópico y éste le dio la ciudad y el puerto de Eliota. El rey Salomón, nos cuentan las mismas fuentes, mandó construir su célebre ‘casa del bosque del Libano” para lo cual Jiram, rey de Tiro había mandado a Salomón madera de cedro y de ciprés y cuanto oro quiso (Reyes 1,9:11).

La Biblia relata que el rey Salomón se hizo construir un gran trono de marfil que recubrió de oro finísimo; además tanto los vasos como las vajillas de su palacio, estaban fabricados con el mismo metal. El lujo extremo de la corte salomónica, trae a colación un pasaje por demás importante: La actividad marítima, cuyo auge condicionó el esplendor económico del reino.

Cuentan que en efecto, el rey tenía en el mar una flota de Tarsis, junto con la flota de Hiram; y una vez cada tres años llegaba la flota de Tarsis, trayendo oro, plata, marfil, monos y pavos reales. (Reyes 1, 10:22).

Por otra parte, se habla de la sabiduría del hijo de David, motivó que todo el mundo procurara una audiencia con Salomón, para escuchar lo que Dios había puesto en su corazón. Mas a pesar del esplendor del reino de Salomón en tierras de Jerusalem, la desgracia no tardó en aparecer. Se dice también en las páginas de la Biblia, que por los muchos pecados del monarca, quien desvió su corazón de Yavé y corrió tras dioses ajenos.

Pero el desastre no ocurrió en su tiempo, según se dice por atención a David, sino en tiempos de su hijo Roboam; cuando un inevitable cisma vino a dividir, el casi legendario reino fundado por David y enaltecido por el rey Salomón. Jerusalem, la ciudad de la Paz continuó siendo la capital del reino de Jedé, pero su suene no fue la misma: conquistadores egipcios, filisteos y árabes llegaron a sus puertas. La conquistaron Sesac, rey de Egipto; Amarias, Necao yNabucodonosor, este último en 589. Nabucodonosor se limitó a destronar a Joaquín, poniendo en su lugar a Sedecías. Mas al rebelarse éste al ejército asirio-babilonio, sucedió lo inevitable: el saqueo de Jerusalem, el derribo de sus murallas, y el incendio del templo.

David, fue rey conquistador; el rey Salomón edificó y reiné en paz. Ninguno de ellos pudo alguna vez imaginar el futuro de su magnífica ciudad, que a pesar de preconizar la paz, presenció guerras y muerte. Siglos después, el Segundo Templo, reedificado en los escombros del primero, sufriría un destino similar. Ahora serían los romanos. Fecha: el año 70 en el período de Los Jueces donde hubo destrucción y exilio de los hijos de Judá.

La Jerusalem de las conquistas increíbles y casi legendarias, de las construcciones magníficas, sede de inmenso poder, de inmensa gloria, contemplé el infortunio hasta nuestros días.

En nuestros tiempos a Jerusalem le ha tocado vivir la reunificación, por esto todos los años el pueblo judío festeja Yom Yerushalaim (el Día de Jerusalem) con la alegría y el deseo de que la paz reine eternamente sobre su suelo.






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