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28/07/2014
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Volcanes de México

Últimos 3 Años

Volcanes de México
Condensado


Por: Jacobo Contente


En los últimos meses las poblaciones aledañas al volcán Popocatépetl (del náhuatl popoca, humear, y tépetl, cerro), han estado en alerta por una posible erupción. Las noticias de su actividad han llenado los medios de comunicación tanto en México como internacionalmente, por ello, en esta ocasión presentamos un artículo, que no sólo trata los aspectos científicos del compañero del Iztaccíhuatl, sino también su leyenda, además le presentamos una narración efectuada por un periodista anónimo, cuyo artículo fue publicado en "The Pan American " (revista ya desaparecida) en el año de 1943 y que versa sobre el nacimiento del Paricutín, a mediados de la Segunda Guerra Mundial, que por su dramatismo, desusado estilo, riqueza del idioma -que lamentablemente ya hemos empobrecido- y efectos directos a las poblaciones cercanas, debemos retomar para evitar sorpresas.










La altura que tiene este coloso es de 5,452 metros sobre el nivel del mar y es el segundo más alto del país; se ubica en los límites de los estados de México, Morelos y Puebla. Según datos de la Enciclopedia de México el Popocatépetl se formó sobre otro volcán, aún más antiguo llamado Nexpayantla. Su cráter, de alrededor de 550 m. de diámetro y de 250 a 300 m. de profundidad, con una boca pequeña interna que contiene abundantes depósitos de azufre y ácido sulfhídrico. Según estadísticas las erupciones y actividad notoria que ha tenido, han sido en 1347,1354,1519, ' 1530, 1539, 1548, 1571, 1642, 1664, 1667, 1697, 1720, 1802, de 1919 a 1922 y 1927.
Dado a que la superficie de México, mayormente comprende zonas volcánicas, fue uno de los primeros países que estableció un observatorio vulcanológico, el de Ciudad Guzmán, en Jalisco, que monitoreó la actividad del Volcán de Colima-Volcán de Fuego durante varios años hasta el inicio de la Revolución. Destacan por su importancia en el territorio mexicano los siguientes volcanes:

Pico de Orizaba, el Popocatépetl, el Nevado de Toluca, el Ceboruco, el Volcán de Colima, entre otros, e innumerables volcanes pequeños, como el Paricutín y el Xitle. En torno a estas formaciones se han desarrollado algunos de los mayores núcleos urbanos del país, entre ellos la ciudad de México, Querétaro, Guadalajara, Puebla, Toluca, Pachuca, Morelia y Colima. Hay en México 13 volcanes históricamente activos: Tres Vírgenes (Baja California Sur), Bárcena (Islas Revillagigedo), Ceboruco (Nayarit), Volcán de Colima o de Fuego (Jalisco), Paricutín (Michoacán), Jabalí (Michoacán), Jorullo (Michoacán), Xitle (D.F.), Popocatépetl (límite de los estados de México, Puebla y Morelos), Pico de Orizaba (límite de los estados de Puebla y Veracruz), Tuxtlas (Veracruz), Chichón (Chiapas) y Tacaná (frontera entre México y Guatemala).

Pero volviendo al Popocatépetl, su compañera y la leyenda, presentamos la escrita por Carlos Franco Sodja, que fue publicada por "EDAMEX" y que como en casi todas las cosas sobre nuestro país, contiene elementos de magia y romance.

La leyenda de los volcanes

Las huestes del Imperio azteca regresaban de la guerra.
Pero no sonaban ni los teponaxtles ni las caracolas, ni el huéhuetl hacía rebotar sus percusiones en las calles y en los templos. Tampoco las chirimías esparcían su aflautado tono en el vasto valle del Anáhuac y sobre el verdiazul espejeante de los cinco lagos (Chalco, Xochimilco, Texcoco, Ecatepec y Tzompanco) se reflejaba un menguado ejército en derrota. El caballero águila, el caballero tigre y el que se decía capitán coyote traían sus rodelas rotas y los penachos destrozados y las ropas tremolando al viento en jirones ensangrentados.
Allá en los cúes y en las fortalezas de paso estaban apagados los braseros y vacíos de tlecáxitl que era el sahumerio ceremonial, los enormes pebeteros de barro con la horrible figura de Texcatlipoca, el dios cojo de la guerra. Los estandartes recogidos y el Consejo de los Yopica que eran los viejos y sabios maestros del arte de la estrategia, aguardaban ansiosos la llegada de los guerreros para oír de sus propios labios la explicación de su vergonzosa derrota.
Hacía largo tiempo que un grande y bien armado contingente de guerreros aztecas había salido en son de conquista a las tierras del Sur, allá en donde moraban los Ulmecas, los Xicalancas, los Zapotecas y los Vixtotis a quienes era preciso ungir al ya enorme señorío del Anáhuac. Dos ciclos lunares habían transcurrido y se pensaba ya en un asentamiento de conquista y sin embargo ahora regresaban los guerreros abatidos y llenos de vergüenza. Durante dos lunas habían luchado con denuedo, sin dar ni pedir tregua alguna, pero a pesar de su valiente lucha y sus conocimientos de la guerra aprendidos en el Calmecac, que era así llamada la Academia de la Guerra, volvían diezmados, con las mazas rotas, las macanas desdentadas, maltrechos los escudos aunque ensangrentados con la sangre de sus enemigos.
Venía al frente de esta hueste triste y desencantada, un guerrero azteca que a pesar de las desgarraduras de sus ropas y del revuelto penacho de plumas multicolores, conservaba su gallardía, su altivez y el orgullo de su estirpe.
Ocultaban los hombres sus rostros embijados y las mujeres lloraban y corrían a esconder a sus hijos para que no fueran testigos de aquel retorno deshonroso. Sólo una mujer no lloraba, atónita miraba con asombro al bizarro guerrero azteca que con su talante altivo y ojo sereno quería demostrar que había luchado y perdido en buena lid contra un abrumador número de hombres de las razas del Sur.
La mujer palideció y su rostro se tornó blanco como el lirio de los lagos, al sentir la mirada del guerrero azteca que clavó en ella sus ojos vivaces, oscuros, y Xochiquétzal, que así se llamaba la mujer y que quiere decir hermosa flor, sintió que se marchitaba de improviso, porque aquel guerrero azteca era su amado y le había jurado amor eterno.
Se revolvió furiosa Xochiquétzal para ver con odio profundo al tlaxcalteca que la había hecho su esposa una semana antes, jurándole y llenándola de engaños, diciéndole que el guerrero azteca, su dulce amado, había caído muerto en la guerra contra los zapotecas.
- ¡Me has mentido, hombre vil y más ponzoñoso que el mismo Tzompetlácatl, -que así se llama el escorpión-, me has engañado para poder casarte conmigo. Pero yo no te amo porque siempre lo he amado a él y él ha regresado y seguiré amándolo, para siempre!
Xochiquétzal lanzó mil denuestos contra el falaz tlaxcalteca y levantando la orla de su huipil echó a correr por la llanura, gimiendo su intensa desventura de amor.
Su grácil figura se reflejaba sobre las irisadas superficies de las aguas del gran lago de Texcoco, cuando el guerrero azteca se volvió para mirarla. Y la vio correr seguida del marido y pudo comprobar que ella huía despavorida. Entonces apretó con furia el puño de la macana y separándose de las filas de guerreros humillados se lanzó en seguimiento de los dos.
Pocos pasos separaban ya a la hermosa Xochiquétzal del marido despreciable cuando les dio alcance el guerrero azteca.
No hubo ningún intercambio de palabras porque toda palabra y razón sobraba allí. El tlaxcalteca extrajo el venablo que ocultaba bajo la tilma y el azteca esgrimió su macana dentada, incrustada de dientes de jaguar y de Coyámetl que así se llamaba el jabalí.

Chocaron el amor y la mentira.
El venablo con erizada punta de pedernal buscaba el pecho del guerrero y el azteca mandaba furioso golpes de macana en dirección del cráneo de quien le había robado a su amada haciendo uso de artes engañifas.
Y así se fueron yendo, alejándose del valle, cruzando en la más ruda pelea entre lagunas donde saltaban los ajolotes y las xochócatl que son las ranitas verdes de las orillas limosas.

Mucho tiempo duró aquel duelo.
El tlaxcalteca defendiendo a su mujer y a su mentira.
El azteca el amor de la mujer a quien amaba y por quien tuvo arrestos para regresar vivo al Anáhuac.
Al fin, ya casi al atardecer, el azteca pudo herir de muerte al tlaxcalteca quien huyó hacia su país, hacia su tierra tal vez en busca de ayuda para vengarse del azteca.
El vencedor por el amor y la verdad regresó buscando a su amada Xochiquétzal.
Y la encontró tendida para siempre, muerta en mitad del valle, porque una mujer que amó como ella no podía vivir soportando la pena y la vergüenza de haber sido de otro hombre, cuando en realidad amaba al dueño de su ser y le había jurado fidelidad eterna.
El guerrero azteca se arrodilló a su lado y lloró con los ojos del alma. Y cortó maravillas y flores de xoxocotzin con las cuales cubrió el cuerpo inanimado de la hermosa Xochiquétzal. Coronó sus sienes con las fragantes flores de Yoloxóchitl que es la flor del corazón y trajo un incensario en donde quemó copal. Llegó el zenzontle también llamado Zenzontletole, porque imita las voces de otros pajarillos y quiere decir 400 trinos, pues cuatrocientos tonos de cantos dulces lanza esta avecilla.
Por el cielo en nubarrones cruzó Tlahuelpoch, que es el mensajero de la muerte.
Y cuenta la leyenda que en un momento dado se estremeció la tierra y el relámpago atronó el espacio y ocurrió un cataclismo del que no hablaban las tradiciones orales de los Tlachiques que son los viejos sabios y adivinos, ni los tlacuilos habían inscrito en sus pasmosos códices. Todo tembló y se anubló la tierra y cayeron piedras de fuego sobre los cinco lagos, el cielo se hizo tenebroso y las gentes del Anáhuac, se llenaron de pavura.
Al amanecer estaban allí, donde antes era valle, dos montañas nevadas, una que tenía la forma inconfundible de una mujer recostada sobre un túmulo de flores blancas y otra alta y elevada adoptando la figura de un guerrero azteca arrodillado junto a los pies nevados de una impresionante escultura de hielo.
Las flores de las alturas que llaman Tepexóchitl por crecer en las montañas y entre los pinares, junto con el aljófar mañanero, cubrieron de blanco sudario las faldas de la muerta y pusieron alba blancura de nieve hermosa en sus senos y en sus muslos y la cubrieron toda de armiño.

Desde entonces, esos dos volcanes que hoy vigilan el hermoso valle del Anáhuac, tuvieron por nombres Iztaccihuatl que quiere decir Mujer Dormida y Popocatépetl, que se traduce por montaña que humea, ya que a veces suele escapar humo del inmenso pebetero.
En cuanto al cobarde y engañador tlaxcalteca, según dice también esta leyenda, fue a morir desorientado muy cerca de su tierra y también se hizo montaña y se cubrió de nieve y le pusieron por nombre Poyauteclat, que quiere decir Señor Crepuscular y posteriormente Citlaltepetl o cerro de la estrella y que desde allá lejos vigila el sueño eterno de los dos amantes a quienes nunca podrá ya separar.
Eran los tiempos en que se adoraba al dios Coyote y al dios Colibrí y en el panteón azteca las montañas eran dioses y recibían tributos de flores y de cantos, porque de sus faldas escurre el agua que vivifica y fertiliza los campos.
Durante muchos años y poco antes de la conquista, las doncellas muertas en amores desdichados o por mal de amor, eran sepultadas en las faldas del Iztaccihuatl, de Xochiquétzal, la mujer que murió de pena y de amor y que hoy yace convertida en nívea montaña de perenne armiño.


EL PARICUTIN

Volcán situado en el estado de Michoacán a 19° 29' de latitud norte y 102° 15' de longitud oeste. Surgió en 1943, en un campo de cultivo ubicado en un valle a 2250 m sobre el nivel del mar, entre los cerros de Angahuan, Canijuata y Arátiro. El 20 de febrero se formó una ámpula de aproximadamente 2 m de altura, sobre una fisura que se había abierto en el terreno. Al romperse, expulsó ceniza y comenzó la formación del volcán. Estuvo activo durante nueve años. Arrojó bombas y grandes cantidades de ceniza por el cráter y lavas andesíticas a través de grietas y por un cono adventicio situado en la parte occidental, llamado Zapicho. Las lavas cubrieron un área de 25 Km2 y destruyeron el pueblo de San Juan Parangaricutiro. (Enciclopedia de México).

CONDENSADO DE THE PAN AMERICAN (1943)

A Dionisio Pulido, humilde y hacendoso peón que posee y trabaja un pequeño sitio de labor en Michoacán, a unos 290 km. de la capital de México, le tenía reservado el destino la gloria poco envidiable de ser el primer mortal que ha visto reventar un volcán casi bajo sus propios pies.
Tocaba a su fin la plácida tarde del 20 de febrero de 1943. Dionisio abría los últimos surcos del día con su arado de primitiva traza. Hizo alto para enjugarse el sudor y descansar unos instantes. De pronto, a 50 ó 60 metros, vio brotar del suelo una columna de humo blanco. La vio levantarse, encaracolarse, ondular en el aire.
Dionisio pensó para su capote que eran asaz extrañas las cosas que estaban ocurriendo aquel día. Por la mañana, muy temprano, había sentido temblar violentamente la tierra. Después, había notado que el suelo estaba tan caliente, que le quemaba las plantas de los descalzos pies. Y ahora, aquel humo embrujado que se retorcía agoreramente. Echó a andar para averiguar la causa del insólito fenómeno. Un estampido lo dejó parado en seco. Parecía que hubieran destapado una enorme botella de champaña. El humo se espesó, la columna adquirió mayor diámetro. Como si lo empujase oculta y potentísima fuerza, el humo se proyectó de repente con gran violencia hacia el cielo. Dionisio echó a correr a través de los campos para avisar a su mujer.
Los Pulido no volvieron a ver su maizal. Estaba todavía el agitado Dionisio encareciendo a su incrédula esposa que se diese prisa, cuando ocurrió un formidable temblor de tierra. Los sismógrafos de Nueva York, a 3600 km. de allí, registraron la terrible sacudida. A duras penas consiguió Dionisio salir de entre las ruinas de su choza. Tendió la mirada allá al frente y se creyó víctima de una pesadilla. El maizal vomitaba fuego. Entre las llamas subían, como lanzadas por un titán enfurecido, piedras enormes, montones de arena.
Cuando los Pulido, aterrorizados y tambaleándose sobre la tierra estremecida, llegaron a Paracutín, reinaba el pánico en la aldea. Gentes casi enloquecidas de miedo huían en busca de salvación. Carretillas cargadas de mantas, ropa y mil objetos más, ocupaban el camino. El párroco llamaba a grandes voces a cuatro hombres vigorosos para que sacasen en andas la imagen del Cristo de los Milagros.
La noche y su oscuro cortejo de sombras huyeron para siempre de Paracutín. El volcán iluminaba vivamente toda la comarca. Su resplandor atravesaba la cortina de humo asfixiante y de azufrados vapores pestilentes. Empinábanse, restallando, las lenguas de fuego. Un surtidor de piedras encandecidas, al rojo vivo, se elevaba a más de 300 m. Violentísimas explosiones alzaban y hundían el suelo, sacudiéndolo en largas convulsiones. Oíase un trueno incesante, "como si cientos de cañones hicieran fuego a la vez", según declararon las autoridades del pueblo. La ceniza, negra y fina, llegó en flotantes nubes hasta las propias azoteas de la ciudad de México.
Mas todo eso, con ser tan temeroso y siniestro, era tan sólo preliminar y anuncio de mayores horrores. La tercera noche, del cono volcánico, inmensa caldera bermeja, salió el primer chorro de ardiente lava. Hirviendo, burbujeando, como el fundido metal de mil altos hornos, brotó de las entrañas caldeadas de la tierra, se despeñó chisporroteando por el borde del cráter, rodó por sus laderas formando una densa, encendida ola de siete metros de profundidad y setenta de ancho, y empezó a correr por el valle, heraldo de muerte y exterminio a todo lo que se cruzara en su camino. A medida que avanzaba, iba tornándose su color en rojo brillante.
Una legión de funcionarios, geólogos, periodistas y fotógrafos acudieron al punto al lugar de la erupción. Despreciando el peligro, se arriesgaron, con la proverbial temeridad de los de su oficio, hasta el borde mismo del rugiente volcán. Tuvieron que hacer la atrevida jornada sobre la capa de lava ya endurecida a medias, que cubría la aldea de Paracutín. Y allí, junto a la misma fragua crujiente del monstruo, se quedaron días y días estudiando el singular fenómeno: la aparición del primer volcán en América desde 1759.
Seis veces se ha atenuado un poco la violencia de las erupciones, otras tantas ha salido el ígneo gigante de su letargo con una explosión pavorosa que ha llevado el terror a los más distantes lugares. La sexta vez, o sea, el 10 de junio, el Paricutín -así se le bautizó al titán- colmó el espanto de los pueblos comarcanos con una nueva boca por la cual empezó a arrojar un segundo torrente de abrasadora lava que rodó valle abajo a razón de 335 m. por día. Al mes, había alcanzado ya una anchura tal, que avanzaba sólo a razón de 3 m. por día.
Ambos valles están ahora sepultados bajo gruesos estratos de lava, de rocas volcánicas y de ceniza. El Paricutín se yergue sobre el llano hasta una altura de 400 m. Tiene una base de 1200 m. de perímetro.

 
 

Desde el aeroplano pude advertir ya a una distancia de 120 km. los efectos devastadores del volcán. Sobre valles y laderas, antes verdeantes se extiende ahora obscuro manto de cenizas. Huertas y jardines han desaparecido. De las iglesitas rurales apenas se ven los campanarios. Se han secado las fuentes. El río Cupatitzo no es a estas horas más que una lenta corriente de fango.
Vése de pronto, allá, a lo lejos, una altísima columna de humo elevándose en espiral hacia el cielo, hasta la altura casi increíble de 6700 m. Cada cuatro segundos lanza el cráter al espacio, con pujante vaharada negra, toneladas y toneladas de piedras. Otro ancho surtidor de encendida lava sube hasta más de 300 m. para derramarse, en su caída por los lados del cono, formando como dos rojas sangrías de horno.
Hay que cerrar las ventanillas del avión. Hasta él llegan el intenso calor y las partículas abrasadas de piedra. Mas por todos los intersticios se cuela el vapor sulfuroso que hace toser a los viajeros. El humo, los peñascos lanzados al aire, algunos mayores en nuestro pequeño aeroplano, y la coruscante lava no pueden menos de producir en los viajeros cierto temor y desasosiego.
Aterrizamos en el villorrio de Uruapan, a unos 32 km. del Paricutín. Al caminar, hundimos los pies en una alfombra de polvo del volcán, que cuando llueve se pone molestamente pegajosa. Los techos se pandean bajo el peso de la ceniza que, por mucha prisa y diligencia que los vecinos se den a quitarla, se acumula inexorable y peligrosamente. Todos los días llegan unos 500 visitantes que tienen que arreglárselas como puedan en el lugarejo. Paracutín ha sido declarado oficialmente zona de turismo. Hay una línea de ómnibus a Uruapan. Unas cuadrillas de obreros están quitando continuamente la ceniza del último tramo de la carretera. De Uruapan, los curiosos se trasladan en automóvil, o a lomo de mula hasta el límite de la zona oficial de seguridad, a cosa de kilómetro y medio de la base del volcán.
Parangaricutiro, o San Juan, como prefieren llamarlo los naturales, está en el límite de la zona. De allí en adelante no se encuentra sino ceniza, lava, fragor de truenos, espanto. El gobierno mexicano sostiene que San Juan está en inminente peligro, y ha tratado de trasladar a sus moradores. Pero aun cuando tienen que librar un combate incesante con la ceniza y pasarse el día y la noche pala en mano y sudando tinta, se niegan a marcharse de ahí. Están ganando dinero a espuertas con los turistas. Les alquilan caballos y mulas, les dan de comer, les sirven de guías.
No se ve nada verde, ni una triste brizna de yerba en 160 km. a la redonda. A 80 km. de allí se seca la vegetación menos vivaz. Sólo resisten los árboles y los arbustos. Siete pueblos han desaparecido; otros han quedado casi en ruinas, inhabitables. Cada vez que el viento esparce una nube de ceniza, se secan y mueren los sembrados en las feraces tierras labrantías próximas. Los pájaros caen muertos a tierra. Escasea el agua, por haberse secado las fuentes.
La Secretaría de Asistencia Pública ha enviado médicos, enfermeras y visitadores sociales, para dirigir el traslado de más de 8000 personas de la región.
Y estamos lejos todavía del final. El volcán de Paracutín no da muestras de atenuar su violencia. Siguen las formidables explosiones; siguen las enormes piedras volando a miríadas por los aires; sigue el cono creciendo en diámetro y altura; nada indica que esté disminuyendo la cantidad de material que emerge del interior del volcán. Continúan proyectándose hacia el cielo, encendidos y bramadores, los chorros de lava, para abatirse después, en catarata de fuego, por las laderas. Por la noche, el espectáculo es indescriptible. Con razón dicen los mexicanos, al contemplarlo:

"¡El infierno suelto, compadrito!"







 
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